Footballet. Un relato de Mar Álvarez

Extracto del libro "Entre Líneas"

*A continuación os ofrecemos el relato ‘Footballet’, obra de Mar Álvarez, uno de los tres ganadores de nuestro concurso literario ‘Entre Líneas’ y por tanto incluido en el libro del mismo nombre que editamos junto a los otros 11 relatos elegidos por el jurado.

I.

En mi casa el ballet no es solo una expresión artística…es una religión. Las fotos de mi abuelo haciendo un plié de calentamiento antes del estreno del Sueño de una Noche de Verano, los programas de cada actuación con la que nos deleitó o sus primeras zapatillas de media punta en cuero han decorado las paredes del salón desde siempre. Quizás no fue uno de los mas grandes, pero sí lo suficiente como para dar nombre a la casa de cultura que construyeron hace años junto al polideportivo, algo que en esta familia se lleva con enorme orgullo y por lo que soy relativamente famoso en el instituto.

A mi siempre me han contado que de pequeño apuntaba maneras. Apenas sabía hablar y ya trataba de ponerme de puntillas agarrado a las barandillas del parque… aunque en el parque de nuestro barrio, como en casi todos,  es lo habitual. Los niños juegan a representar los grandes ballets de los últimos siglos (La Bella Durmiente , La Consagración de la Primavera…), imaginando que están en el Bolshói de Moscú o en la Ópera de París. Todos hemos querido alguna vez ser el nuevo Baryshnikov y, por supuesto, nuestros padres han alimentado esta pasión apuntándonos desde bien pequeños a la compañía de la parroquia y animándonos cada fin de semana que actuábamos.

Lo mejor de aquellas representaciones infantiles eran los desplazamientos. El padre de Manu, mi eterno compañero en esto del ballet y amigo inseparable, trabajaba en un lavacoches industrial y solía aparecer los sábados por la mañana con algún autobús que “tomaba prestado” y adornaba con elaboradas pancartas de aironfix, con grandes frases de compositores contemporáneos como “le ballet est  l’esprit en mouvement” y cosas así, aunque nadie entendía muy bien aquellas máximas tan rebuscadas.

Extracto del libro "Entre Líneas"
Relato parte de “Entre Líneas”

Pese a tanta afición la compañía de nuestra ciudad es modesta. No baila en sus filas ninguna gran estrella ni hay dinero para fichar bailarines primeros de fuera, ya sabes, gente con prestigio que atraiga mas publico a la ciudad durante la temporada de invierno. Hace años llegamos a tener una pareja de baile importante con la que pudimos representar alguna de las obras cumbre del ballet, pero entre las lesiones y la edad les tocó jubilarse pronto y ya no ha habido relevo… Eso en lo que al primer ballet se refiere, claro,  porque hace unos meses que unos chavales han cogido una compañía pequeña, de un barrio modesto, y están haciendo cosas interesantes. Dicen que están en contra del ballet moderno, de la millonaria industria que lo mueve y de la pérdida de valores esenciales que está sufriendo este arte en los últimos años. Y es que desde que permiten retransmitir ballet a cualquier hora y cualquier día de la semana, esto es un sindiós. Mi padre, como buen forofo, se ve todos los ballets que ponen por la tele. Da igual la compañía que actúe o la hora a la que lo haga, el caso es ver bailar. Y claro, mi madre, que la pobre bastante tiene con haberse pasado los últimos quince años viniendo a todas las representaciones de su hijo, ha terminado por llevarse una tele pequeña al dormitorio para poder ver algo de deporte tranquila (aunque en este país el deporte lo echan a horas imposibles como de madrugada o los fines de semana bien temprano). Pero cuando realmente compadezco a mi madre es en los viajes. Da igual que vayamos a comer fuera o al pueblo a ver a los tíos, que mi padre es, subirse al coche, y ya tiene la radio con el ballet a todo trapo independientemente de la función que estén retransmitiendo. Se mete tanto en la locución que alguna vez hemos estado a punto de llevarnos por delante a algún peatón durante los escasos segundos que tarda la bailarina en caer tras ser lanzada por los aires, momento que ya se encargan los locutores de intensificar con el alargamiento de sílabas característico de estas retransmisiones…

¿Y a qué venía todo esto?…¡ah!, ya recuerdo. El caso es que mañana, como cada domingo, baila la compañía de danza de nuestra ciudad en el Gran Teatro. Hace semanas que todas las localidades están vendidas y en la reventa ya se están pagando 300 euros desde ayer. Mi padre nos  lleva a mis primos y a mí todos los domingos desde hace años años. Haga frío o calor nos vestimos todos con las mallas, el tutú y las zapatillas. Él lleva unas viejas zapatillas que eran nada menos que del padre de su padre ¡mi bisabuelo! porque insiste en que nos traen suerte. Yo no tengo muy claro que sea verdad, lo único cierto es que en cuanto caen cuatro gotas se le empapan los pies y se tira una semana estornudando.

Lo mejor de los domingos de ballet es que se llenan las calles de tutús y maillots. Cuando nos visita alguna compañía de fuera, vienen sus seguidores en autobuses, tarareando a voz en grito la obertura del Cascanueces de Tchaikovski o alguna otra melodía emblemática. Nosotros tenemos muy claro que los bailarines de aquí no son los mejores, pero son los nuestros y nuestro corazón está con ellos, así que si tropezamos con el séquito del ballet visitante de turno y nos faltan al respeto en nuestra propia ciudad, no es de extrañar que tengamos que terminar llegando a las manos para solucionarlo…

Pero este domingo no es uno más. Este domingo Ella vendrá conmigo. Es su primera tarde de ballet y quiero que sea todo perfecto. Desde que se mudó con su familia al piso de al lado no he parado hasta conquistarla. La primera vez que coincidimos en el ascensor me quedé sin habla. Era verano y llevaba su larga melena recogida en un absurdo moño a medio hacer, la camiseta toda sudada y los vaqueros hechos un asco de cargar y descargar las cajas de la mudanza. Lo cierto es que ni me miró. Me enamoré al instante. Es lista, guapa y tiene talento. Toca el oboe en la banda del instituto, es imbatible al Resident Evil y siempre está de coña. Sería la chica perfecta si no fuera por un pequeño detalle: no le gusta el ballet. Como lo oyes. De hecho tiene una nefasta opinión de todo lo relacionado con la danza. Dice que los aficionados somos todos unos borregos dispuestos a dejarnos alienar y anestesiar por un espectáculo prefabricado ¿te lo puedes creer?… nos llama borregos y se queda tan ancha…¡a nosotros, que llevamos el ballet en la sangre!.

– ¿Acaso no lo ves? – dice – es el opio del pueblo. Pan y circo, como los romanos. Al sistema le interesa teneros a todos embobados llenando teatros mientras os ahoga y os oprime.

– No entiendes nada – replico – nosotros no vamos al teatro a “ver bailar” y atontarnos con las piruetas,  nosotros debemos lealtad a nuestros bailarines…¿qué digo bailarines? ¡a nuestra compañía!,  y es ese sentimiento de pertenencia lo que nos hermana. Nos importa una mierda lo demás.

Estas discusiones nunca nos llevan a ninguna parte. Lo mínimo que puede ocurrir es que dejemos de hablarnos un rato y lo máximo que cada uno vuelva a su casa ofendido y suficientemente enfadado como para no mandar un triste whatsapp de reconciliación hasta el día siguiente. Es que he tenido la inmensa suerte de haberme enamorado de una especie de Emiliano Zapata de la cruzada anti ballet, vaya por dios… no tenía suficiente con mi madre…

Manu no comprende nada, claro, como no se ha enamorado nunca le parece absolutamente inconcebible que pueda haberme fijado en una chica que no respeta un ápice la mayor de mis pasiones. A ver qué tal mañana. Hasta ahora las veces que quedábamos después de una función y me veía llegar con las mallas, no hacía otra cosa que burlarse toda la tarde…, pero mañana va a ser distinto, eso seguro. Ella siempre ha visto bailar por la tele, nunca en directo, y estoy seguro de que ni se imagina lo que va a sentir cuando oiga rugir a la multitud mientras salen los bailarines a escena; eso es algo que no se puede explicar con palabras.

II

Llegó el gran día. Estoy nervioso. Paso a recogerla por su casa y sale a recibirme con el gesto de incredulidad mas estudiado de su repertorio.

– ¿Vas a ir con esa pinta?
– Claro- respondo estirándome los leotardos – yo voy siempre así al ballet.
– Pues pareces un fantoche
– Pues tú eres una borde y una desagradecida,  no sabes cuánto me he gastado en estas entradas.
– Tienes razón, perdona, es que todavía no me puedo creer que alguien me haya convencido para ir al ballet – dice mientras me agarra del brazo y se recuesta sobre mi hombro. Me deshago. Soy un blando.

He preferido que la primera toma de contacto con la danza en vivo sea en el bar en el que solemos quedar antes de las representaciones. Es el lugar perfecto para impregnarse de todas esas sensaciones que me resultan tan difíciles de explicar…, bueno, al menos eso es lo que pensaba anoche, porque ahora, entrando en el bar y viendo a la peña Isadora Duncan en pleno,  mirando fijamente desde la barra los cuatro televisores de plasma que retransmiten las obras de los teatros mas importantes del mundo, empiezo a dudar que haya sido lo más conveniente.

Entramos. Es un auténtico santuario. Fotos firmadas por los mejores bailarines que han pasado por nuestra ciudad, antiguas entradas de funciones míticas, vitrinas con tutús y zapatillas y El Lago de los Cisnes sonando a todo volumen por los altavoces del techo. Ella está horrorizada. Los miembros de la peña Isadora Duncan no gozan precisamente de la gracilidad necesaria para llevar las ropas de baile que se ponen cada domingo, así que al llegar a la barra, una suerte de barrigas enfundadas en lycra nos dan la bienvenida cerveza en mano. Ella no puede ocultar una mueca de mofa y yo ya me estoy arrepintiendo de haber venido.

Todos nos miran pero Manu es el único que se acerca a saludarnos.

– ¿Qué tal, parejita?
– Hombre Manuel, qué bien te sienta el rosa palo – responde Ella manoseándole el tul.
– Pues sí, estos son mis colores y a mucha honra ¿qué pasa?…
– Tranquilos chicos – me apresuro a cortar – por cierto ¿cómo van? – pregunto apuntando a los pantallones con un gesto mientras pido un par de mahous haciendo la señal de la victoria por encima de nuestras cabezas.
– ¡Ridículos!.
– Muy graciosa. Ahí están en el segundo acto, estos dos terminando y aquél en el previo. Creo que nos dará tiempo a ver algo del primer acto antes de entrar.
– Estupendo – cojo las mahous, las pago al instante tomándome a rajatabla el cartelito que invita a abonar las consumiciones en el acto y le doy una a Ella.

La conversación se anima. Manu y Ella bajan las armas y a la segunda cerveza los tres charlamos de manera distendida. De hecho la observo en un par de ocasiones mirando las pantallas de reojo con cierto interés. Aún no está todo perdido.

Se acerca la hora y salimos del bar visiblemente afectados por el alcohol y flanqueados por los Isadora, que nos llevan unos cuantos botellines de ventaja. Desde que prohibieron la venta de alcohol en el teatro hay que cargarse bien antes de entrar.

El hall es imponente. El edificio es de 1820, treinta años antes que el Real de Madrid, y uno de los mejor conservados del país. La cúpula poligonal bajo la que estamos haciendo cola te deja sin habla. Y así está Ella, dejándose arrastrar por una marea de aficionados en mallas que transmiten el entusiasmo y la entrega de los que morirían por una pirueta, aquellos que no pueden esperar para ver de nuevo el pas de deux de Romeo y Julieta (juro que lo de escoger esta temática no ha sido premeditado) y reverenciar una vez mas al gran Prokofiev.

Entramos y nos sentamos. Apagan las luces y por unos instantes todo se queda en silencio. Entonces encienden de nuevo y los bailarines salen a escena destilando encanto y elegancia a partes iguales. Ella enmudece abriendo los ojos tanto como le es posible. El primer bailarín al principio se muestra blando y excesivamente apático, aunque solo algunos nos percatamos. Entonces temo no haberla traído a la función adecuada. Quizás tenía que haber asegurado con algo menos contemporáneo…Sin embargo, conforme avanza el primer acto, se va viendo todo más claro, más preciso…Esto es algo muy grande y Ella se da cuenta; bailarines, coreógrafos, músicos… todos ellos uniendo sus saberes y esfuerzos para construir y dar forma a otra gran obra del ballet. Me coge la mano con fuerza. Entre el primer y segundo acto aplaude intensamente y me parece observar en sus ojos el brillo de quienes ya estamos atrapados por la danza.

Ahora estamos en la mitad de la obra. El coro de bailarinas sale a escena realizando un grand jeté que las sitúa casi en mitad de las tablas de una zancada, rápidamente sus parejas responden con un cabriole de 90º y la bailarina primera se planta delante y comienza un fouetté en tournant girando y girando sobre si misma tantas veces que arranca una ovación espontánea de los asistentes. Cuando parece que no puede pasar nada más sale Romeo, sortea a las chicas sin apenas rozarlas, pasa entre los muchachos realizando una serie de glissandes en avant a gran velocidad hacia Julieta que le mira, se coloca en posición y corre hacia él, salta y cae con precisión en sus brazos, que la sujetan tan alto como es posible mientras el público se pone en pie enloquecido. Nosotros nos abrazamos, Manu abraza a los Isadora y el teatro está que se cae. ¡Qué momentazo!.  La observo y lo veo claro: lo he logrado, la he convencido sin mucho esfuerzo. Ha sido la propia inercia del espectáculo, el clamor, la emoción lo que ha terminado por atraparla. No ha podido salir mejor.

Entonces Ella me mira mas detenidamente, sonríe y me besa. Y como no quiero que este momento se desvanezca me voy a quedar así, con los ojos cerrados, oyendo el rugir de la afición y con mis labios pegados a los de Ella que, por cierto, se llama Giselle, como el ballet, que también es casualidad.

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